Laredo vive estos días una transformación silenciosa pero frenética. Lo que el domingo eran huertas llenas de clavelones amarillos y naranjas ha pasado a ser, en apenas 24 horas, un paisaje de tallos cortados y cajas en movimiento. La 115ª edición de la Batalla de Flores ha entrado en su recta final y el trabajo que hay detrás de la fiesta es mucho mayor de lo que muchos imaginan.

Lejos de lo que la tradición popular sugiere, la colocación de flores en las carrozas no ocurre únicamente durante la llamada Noche Mágica del jueves. En las carpas de las agrupaciones participantes, las flores llevan días llegando y siendo colocadas sobre las estructuras que el viernes recorrerán las calles de la villa pejina.
«Sería imposible hacerlo todo el jueves», reconoce el carrocista Ángel Gutiérrez, de la agrupación Come Golayu que lo ha hecho güela. A su juicio, reducir todo el proceso a esa última noche «va en detrimento» del esfuerzo colectivo que se realiza durante toda la semana previa.
Y ese esfuerzo requiere, sobre todo, muchas manos. En Come Golayu llegan a reunirse cerca de 200 personas durante los días finales, y alrededor de 150 en las jornadas anteriores. «Toda ayuda es poca», resume Gutiérrez.
La recogida de flor tiene su propio ritmo y sus propios sonidos. Uno de los más reconocibles es el «clac» que hace cada tallo al descapucharse correctamente. Ese pequeño chasquido es señal de que la flor está lista para subir a la carroza. Saber manipularla sin dañarla es parte del secreto que pocos conocen de esta fiesta.
Otro aspecto poco conocido es el abastecimiento. Desde hace más de una década, las huertas de Laredo ya no son suficientes para cubrir la demanda de la Batalla de Flores. Por eso, las agrupaciones importan parte de sus dalias desde Zundert, en Países Bajos, una localidad conocida precisamente por su propio desfile floral. Este año se esperan alrededor de 1,2 millones de flores procedentes de allí, que llegarán entre el martes y el miércoles.
En total, cada alegoría puede incorporar hasta 180.000 flores. Una cifra que da idea de las dimensiones reales de una fiesta que solo se ve en toda su magnitud cuando las carrozas salen a la calle.
Mientras tanto, en Laredo, el movimiento no para. Hay música, hay conversación, hay bromas. Pero sobre todo hay trabajo, y mucho.
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