Logroño, la capital española que sigue esperando un tren que nunca llega

Conectar Logroño con el resto de España se ha convertido en un verdadero desafío. Mientras ciudades vecinas avanzan hacia la alta velocidad, la capital riojana sigue sin fecha ni proyecto cerrado para el AVE, lo que lastra su economía, su turismo y su proyección exterior.

El diagnóstico es claro y no admite demasiados matices: Logroño está mal comunicada. Esta es la conclusión que arroja la comparativa con otras capitales del entorno, una realidad que se repite en boca de empresarios, visitantes y ciudadanos cuando surge el tema.

«La belleza es insuperable, pero tenemos que ser capaces de acercarla a más gente, de abrirnos al exterior. Pero cuesta mucho llegar a La Rioja». Quien así se expresa es Vicente Dalmau Cebrián-Sagarriga, presidente de Bodegas Marqués de Murrieta, una de las firmas más representativas de la Denominación de Origen Calificada Rioja.

El contraste con ciudades vecinas resulta especialmente doloroso en lo que respecta al ferrocarril. Burgos disfruta del AVE desde 2022 y conecta con Madrid en poco más de hora y media. Vitoria, Pamplona y Santander, aunque todavía sin alta velocidad, cuentan con entre tres y cuatro trenes directos diarios a la capital y tienen fecha prevista para el AVE en torno a 2029 y 2030.

Logroño, en cambio, no tiene ni una cosa ni la otra. El tren directo actual supera las tres horas y media hasta Atocha, y la alternativa inaugurada el año pasado por La Rioja Alta roza las cuatro horas hasta Chamartín. Ni plazo, ni proyecto, ni fecha en el horizonte para la alta velocidad.

El presidente riojano Gonzalo Capellán no ha dejado de reclamar al Ministerio de Transportes un segundo servicio directo por La Rioja Baja que llegue a Madrid en menos de tres horas. Los trenes Talgo S-107, capaces de alcanzar los 300 kilómetros por hora, son la gran esperanza, pero siguen sin fecha de llegada.

Incluso Soria, que tampoco tiene AVE, ha encontrado una solución creativa: el servicio «Soria Enlace AVE» traslada a los viajeros en vehículo con conductor hasta la estación de Calatayud para conectar con la alta velocidad. Logroño no cuenta con nada parecido.

El aislamiento no es solo un problema de comodidad. Afecta directamente al tejido empresarial y al turismo, dos pilares fundamentales para una tierra cuya principal riqueza, el vino, necesita visitantes y compradores que puedan llegar sin que el viaje se convierta en una aventura.

Mientras las ciudades del entorno avanzan, Logroño espera. Y la espera, esta vez, no tiene final a la vista.