La pradera de El Henar se convirtió una vez más en el escenario de una de las celebraciones más arraigadas y emotivas de la comarca. El tradicional Rosario de Antorchas reunió a cientos de vecinos y peregrinos que, con la llama en mano, iluminaron el camino hacia el santuario en una noche que mezcla fe, tradición y sentimiento popular.

La oscuridad de la pradera quedó rasgada por una larga hilera de luz que avanzaba en silencio y recogimiento. Familias enteras, jóvenes, mayores y visitantes llegados de localidades cercanas se sumaron a la procesión, convirtiendo el paisaje en una imagen de una belleza difícil de olvidar.
El Rosario de Antorchas es una de esas tradiciones que pasan de generación en generación sin perder un ápice de su fuerza. Los participantes portan sus antorchas como símbolo de devoción a la Virgen del Henar, patrona venerada en toda la comarca y más allá de sus fronteras.
La noche acompañó la celebración con esa calma propia del final del verano en las tierras segovianas. El murmullo de los rezos, el crepitar de las llamas y el paisaje abierto de la pradera crearon una atmósfera que muchos de los asistentes describieron como única e irrepetible.
Las autoridades locales y representantes de la parroquia acompañaron el acto, que contó con una participación destacada pese a los años y los cambios que trae el tiempo. La devoción popular sigue siendo el motor que mueve a la gente a acudir, año tras año, a este encuentro con la tradición.
Cuéllar demostró una vez más que su calendario cultural y religioso guarda momentos capaces de emocionar y de unir a la comunidad en torno a lo que les es propio. El Rosario de Antorchas no es solo un acto de fe; es también un recordatorio de quiénes son y de dónde vienen quienes habitan estas tierras de Castilla.
La imagen de la pradera iluminada quedará en la memoria de todos los que estuvieron presentes, a la espera de que las antorchas vuelvan a encenderse el año que viene.
