Mariano Sánchez Menor volvió el martes a Navahermosa. Lo hizo como nunca quiso hacerlo: en una urna, entre los brazos de su hijo. Murió en 1943 en una prisión de Pamplona, con solo 28 años, condenado por haberse mantenido fiel a la República durante la Guerra Civil.

Ochenta y tres años después, sus restos han regresado por fin al pueblo toledano donde nació.

La historia de este jornalero navahermoseño es la de tantos hombres que la Guerra Civil arrancó de sus hogares y que nunca pudieron volver. Movilizado durante el conflicto, fue capturado por el ejército sublevado en abril de 1938 y condenado a 25 años de prisión en consejo de guerra. Pasó por varias cárceles hasta llegar al sanatorio-prisión del Fuerte de San Cristóbal, en el monte Ezkaba de Pamplona, donde falleció de tuberculosis el 25 de marzo de 1943.

Allí fue enterrado en el llamado Cementerio de las Botellas, un lugar singular cuyo nombre viene de la costumbre del capellán del penal de introducir en una botella de cristal un papel con la identidad de cada preso antes de cubrir la tumba. Gracias a ese gesto sencillo fue posible identificarle décadas después.

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Fue su hijo, Mariano Sánchez Gómez, quien solicitó la recuperación de los restos al Instituto Navarro de la Memoria. Sus nietos Teresa, Jesús y Pilar viajaron hasta Pamplona el martes para recogerlos de manos del director del Instituto, José Miguel Gastón, acompañados por representantes de la Asociación Manuel Azaña y miembros de UGT Toledo.

La exhumación fue llevada a cabo por la Sociedad de Ciencias Aranzadi, con la presencia del médico forense Francisco Etxeberria. Decenas de personas siguieron en silencio el trabajo arqueológico. Un txistulari interpretó un homenaje junto a la fosa antes de que los restos fueran entregados a la familia.

Al día siguiente, ya en Navahermosa, fueron los propios nietos quienes pusieron los restos en manos de su padre. Fue entonces cuando Mariano hijo recorrió los últimos metros hasta el cementerio llevando entre sus brazos al hombre que perdió siendo un niño y al que nunca pudo despedir.

No lo esperaban ya sus padres ni su esposa Rita. Lo esperaba un hijo con más de ochenta años, tres nietos que nunca lo conocieron y un pueblo que por fin pudo cerrar una herida abierta desde la guerra.