Las fiestas nocturnas organizadas a bordo de embarcaciones en la bahía de Santander se han convertido en una pesadilla para los residentes del barrio de Entrehuertas, que ven cómo la música techno retumba en sus cristales incluso con las ventanas cerradas.

Laura Alpiste, residente en la calle Miralmar, vivió una de esas noches el pasado sábado. Eran las 23.35 horas cuando la música irrumpió en su salón mientras veía una serie junto a su pareja. «Estábamos con las ventanas cerradas y comenzó el insoportable ruido otra vez. Retumbaban todos los cristales», relata.
Lo que puede parecer increíble tiene una explicación física: el fenómeno de refracción acústica. Dependiendo de la dirección del viento y la orientación del barco, el sonido viaja más de 500 metros de distancia y en altura, golpeando con fuerza las fachadas del barrio. «Acabas desquiciada», admite Alpiste.
El problema no se limita a una sola calle. Teresa Gómez, vecina de la calle José Rioja con vistas al Centro Botín, describe un efecto amplificador sobre los edificios. «Es como si rebotara y se hiciera más fuerte. Igual que cuando hay conciertos en el Río de la Pila, todo ese ruido sube a las viviendas», explica.
Más hacia El Sardinero, en la calle Macías Picavea, Nieves López escuchó desde el último piso de su edificio un insistente «pum pum» que en un primer momento confundió con una fiesta en el Palacio de Festivales. Solo al asomarse a la ventana descubrió que el origen estaba en un barco iluminado que surcaba la bahía.
Alpiste ya ha llamado en varias ocasiones tanto a la Policía Local como al Servicio Marítimo de la Guardia Civil, pero teme que las quejas no tengan efecto. Esta semana está prevista otra «boat party» bajo el eslogan de convertir la bahía en «la pista de baile más especial del verano».
Y es que los organizadores presumen en redes sociales de haber hecho sold out en junio y julio, lo que apunta a que estos eventos irán a más. El verano pasado fueron tres o cuatro citas; este año, según denuncian los vecinos, ya se han superado esas cifras.
La principal preocupación del vecindario es que estas fiestas marítimas dejen de ser algo puntual y se consoliden como una oferta de ocio habitual en Santander, sin que nadie regule el impacto acústico que generan sobre quienes viven de cara a la bahía.
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