El Palacio de la Magdalena acoge a los ochenta mejores estudiantes de España en el 25 aniversario del Aula Ortega y Gasset

Santander vuelve a ser escenario de una cita que lleva un cuarto de siglo reuniendo a la élite académica juvenil del país. El Aula de Verano Ortega y Gasset celebra este año su vigesimoquinto aniversario con ochenta jóvenes que han llegado hasta el Palacio de la Magdalena con algo en común: las mejores notas de España en Bachillerato y Formación Profesional Superior.

El Palacio de la Magdalena acoge a los ochenta mejores estudiantes de España en el 25 aniversario del Aula Ortega y Gasset

Para acceder a estas becas, los participantes deben acreditar un mínimo de 9,6 en sus calificaciones. No es un detalle menor. «Estamos hablando de lo mejor del bachillerato de toda España», subraya Luis Fernando Calvo, catedrático de Ingeniería Química de la Universidad de León y codirector del programa junto a Sergio Paniagua, profesor titular de Física Aplicada de la Universidad de Valladolid.

Durante una semana, estos jóvenes han seguido un programa que mezcla formación académica de alto nivel con dinámicas de grupo diseñadas para prepararles ante los retos que encontrarán en la universidad y en el mercado laboral. Según sus directores, al terminar el programa irán «dos cursos por encima» del resto de sus compañeros en habilidades sociales.

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Una de las claves del programa es la gamificación. A lo largo de los días, los estudiantes han participado en una especie de ginkana que recorre todo el palacio e incluso las Caballerizas. Se han repartido en equipos de colores, «como las casas de Hogwarts», bromea Paniagua, y han tenido que responder preguntas en las conferencias, encontrar tesoros escondidos y completar un puzzle personalizado con los miembros del equipo directivo y ponentes caracterizados como personajes de ficción. Tan entusiasmados estaban que alguna noche se les fueron las agujas del reloj hasta las dos de la madrugada.

El objetivo va más allá del juego. «Lo que se quiere es que estén trabajando de forma grupal, porque a la oveja solitaria se la comerá el mercado», explica Paniagua. Así, un estudiante de humanidades y uno de ciencias exactas comparten equipo y se necesitan mutuamente.

Rodrigo Morán, bachiller científico con vocación médica, define la experiencia con una sola palabra: enriquecedor. «Va a ayudarnos a corto, medio y largo plazo», asegura.

Calvo, con humor, admite que el ritmo agota incluso a los profesores: «Es muy cansado, porque yo no tengo dieciocho años». Pero el balance no puede ser más positivo. «El presidente del Gobierno de dentro de quince años va a salir de aquí», afirma convencido.