Aparcar en Santander se ha convertido en una prueba de habilidad para muchos conductores. El motivo no es la falta de plazas, sino algo menos visible: los vehículos son cada vez más anchos y largos, y los aparcamientos de la ciudad no han crecido con ellos.

Guillermo Montoya lo vivió en primera persona hace unos días. Tras dejar su coche en el parking de Numancia, comprobó que era imposible abrir la puerta del conductor. El vehículo había quedado ligeramente desplazado y el hueco respecto al coche de al lado era mínimo. Tuvo que entrar por el lado del copiloto y recurrir a una plaza de recarga eléctrica para poder subir a sus hijos al vehículo.
No fue un caso aislado. Ese mismo día, en otros aparcamientos del centro como La Esperanza, la plaza del Ayuntamiento o el de Tetuán, varios conductores pasaron apuros similares: maniobras imposibles, puertas que no abren, y la curva del Tetuán que, según los propios usuarios, amenaza con llevarse el parachoques.
Jesús San Pedro, que acudió al dentista con su hijo, lo resume sin rodeos: «Un aparcamiento tiene que ser más ancho, no se puede ni salir ni entrar». Su truco cuando puede elegir es buscar plaza junto a una columna, para ganar algo de espacio en el lado contrario.
La situación se repite en el parking de Machichaco, uno de los más utilizados a la entrada de la ciudad. Abraham García aparca allí habitualmente con una furgoneta y reconoce que el tamaño del vehículo le obliga a descartar directamente varios aparcamientos por el riesgo de rozar su coche o el del vecino. Carlos Arrieta lo dice claro tras aparcar: «Con un coche grande al lado de una columna, no entras».
Desde los propios parkings reconocen que las plazas cumplen las medidas estándar, pero señalan al verdadero problema: los coches han cambiado más rápido que las infraestructuras. Manuel Peña, con veinte años de experiencia en Machichaco, lo confirma: «Desde hace cuatro o cinco años se ven muchos más todoterrenos y monovolúmenes, y en los últimos dos han empezado a aparecer furgonetas tipo pick-up que antes no existían por aquí».
El resultado es una ciudad que aparca igual que hace dos décadas, pero con vehículos que han crecido notablemente. Mientras los coches siguen ensanchándose, los aparcamientos de Santander aguantan sin reformas, y los conductores improvisan como pueden.
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