Guadalajara tiene mucho que decir de sí misma, pero pocas veces lo hace mirándose al espejo con honestidad. Ese ejercicio incómodo es el que vuelve a ponerse sobre la mesa en pleno verano de 2026: ¿ha renunciado la ciudad a cuidar su aspecto?

La pregunta no es nueva, pero sigue sin tener una respuesta satisfactoria. Voces críticas del ámbito urbano y ciudadano llevan años señalando que Guadalajara acumula decisiones estéticas cuestionables, intervenciones arquitectónicas que no dialogan con su entorno y una falta de criterio sostenido en la planificación visual de sus calles y espacios públicos.
El problema, según quienes lo analizan, no es solo económico ni de recursos. Es también de actitud. De un desinterés institucional que se ha ido cronificando con el paso de las legislaturas, independientemente del color político que ha gobernado el Ayuntamiento.
Hay ciudades de tamaño similar que han apostado por proyectos de embellecimiento urbano, por la recuperación de fachadas, por el diseño cuidado del mobiliario de calle, por la coherencia entre el patrimonio histórico y las nuevas construcciones. Guadalajara, en cambio, parece haber optado por la funcionalidad sin más ambición.
Esto no significa que la ciudad carezca de rincones hermosos. El casco histórico guarda joyas que cualquier visitante agradece. El Palacio del Infantado, el parque de La Concordia o la ribera del Henares son ejemplos de que el potencial existe. El problema es lo que rodea a ese patrimonio, lo que crece a su alrededor, lo que se construye sin que nadie parezca preguntarse si encaja.
Los vecinos, en su mayoría, lo perciben aunque no siempre lo expresen con estas palabras. Lo dicen cuando comparan su ciudad con otras, cuando lamentan que determinadas obras hayan salido así, cuando señalan el contraste entre lo que podría ser y lo que finalmente es.
El debate no pretende insultar a quienes viven y quieren Guadalajara, sino todo lo contrario: es precisamente el afecto por la ciudad lo que impulsa la exigencia. Una ciudad que se conforma con ser gris cuando podría aspirar a más merece que sus ciudadanos le pidan cuentas.
Quizá el primer paso sea reconocer el problema en voz alta, sin defensas corporativas ni patriotismos mal entendidos. Solo así puede comenzar algo distinto.
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