Treinta años de debate: la Gran Vía de Logroño sigue sin encontrar su forma definitiva

Logroño lleva más de tres décadas discutiendo cómo debe ser el corazón de su centro urbano. Un debate que arrancó en el verano de 1992 y que, lejos de haberse cerrado, continúa vivo en las calles de la capital riojana.

Treinta años de debate: la Gran Vía de Logroño sigue sin encontrar su forma definitiva

Fue el 27 de agosto de aquel año cuando el Ayuntamiento de Logroño convocó un concurso de ideas para remodelar la Gran Vía. La propuesta era ambiciosa: dar más espacio al peatón, peatonalizar varias calles del centro y construir un aparcamiento subterráneo que aliviara el tráfico rodado. Una visión de ciudad que, sobre el papel, sonaba a modernidad.

Sin embargo, lo que vino después fue, sobre todo, polémica. La transformación del eje central de Logroño no convenció a todos por igual, y la ciudadanía se dividió entre quienes aplaudían avanzar hacia una ciudad más caminable y quienes veían en los cambios una amenaza para el comercio y la vida del barrio.

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Lo más llamativo es que, más de treinta años después, el escenario no ha cambiado tanto. Las reformas urbanas siguen generando el mismo tipo de debate entre los logroñeses. Calles como San Antón, el entorno de Lardero o el Paseo de las Cien Tiendas son hoy los nuevos focos de discusión sobre cómo debe crecer y transformarse la ciudad.

Cada intervención en el espacio público trae consigo la misma tensión de siempre: quién gana y quién pierde con los cambios, si se prioriza al coche o al vecino, si el centro se revitaliza o se vacía. Preguntas que Logroño lleva haciéndose desde los noventa sin encontrar una respuesta que satisfaga a todos.

El urbanismo, en ciudades como esta, rara vez es un asunto técnico. Es, ante todo, una cuestión de identidad. De cómo quieren verse los vecinos reflejados en sus propias calles, plazas y avenidas.

Lo que comenzó como un concurso de ideas en 1992 dejó en herencia algo más duradero que cualquier pavimento o aparcamiento subterráneo: la costumbre de debatir, de exigir y de no dar nada por sentado cuando se habla de transformar el espacio común. Una tradición logroñesa que, visto lo visto, tiene mucha cuerda por delante.