Las rosquillas gigantes de Escalona del Prado llevan casi 350 años honrando a su Virgen

Escalona del Prado guarda con celo una de las tradiciones festivas más antiguas y singulares de la provincia de Segovia. Cada mes de septiembre, la cofradía de la Virgen de la Cruz revive un ritual que no ha cambiado en su esencia desde el año 1678: la subasta de rosquillas.

Las rosquillas gigantes de Escalona del Prado llevan casi 350 años honrando a su Virgen

El origen de esta costumbre se remonta a cuando vecinos de la cercana localidad de Sauquillo llevaron ocho fanegas de trigo para costear un ramo de rosquillas, que ellos mismos rifaron en honor a la Virgen de la Cruz. Así quedó recogido por el canónigo Francisco Sanz de Frutos en su Historia de Nuestra Señora, la Santísima Virgen, y así ha llegado hasta nuestros días.

La fiesta arranca con una procesión en la que la imagen es portada por camareras y camareros ataviados con los trajes típicos de la zona. Cada participante lleva una cinta por cada palo, una vela y una rosquilla. Durante el recorrido por los alrededores de la ermita se suceden paradas en las que se interpretan y bailan danzas populares, mezclando lo religioso con el folclore más arraigado del pueblo.

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El momento cumbre llega antes de regresar a la ermita, cuando tiene lugar la subasta propiamente dicha. Durante muchos años, los vecinos pujaban cantando las cantidades en pesetas en lugar de euros, un detalle que reforzaba todavía más el carácter ancestral de la ceremonia.

Las rosquillas que protagonizan el ritual no son piezas cualquiera. Elaboradas con la llamada masa tonta, miden alrededor de 30 centímetros de diámetro y se decoran con glasa real, lo que les da su característico aspecto blanco y brillante. Antiguamente se preparaban en las pastelerías del propio Escalona, pero hoy se elaboran en una pastelería de Cantalejo cuyos dueños son descendientes directos de aquellos pasteleros locales y siguen manteniendo la receta original.

Ese detalle no es menor. Aunque la elaboración ya no se hace en el pueblo, el saber hacer permanece en manos de quienes lo heredaron, asegurando que la rosquilla de septiembre siga siendo fiel a lo que siempre fue.

Una tradición que ha sobrevivido guerras, cambios de moneda y transformaciones sociales de todo tipo, y que cada año demuestra que en los pueblos de Segovia la memoria colectiva también se puede comer.