Hoy es el primer día de clase para muchos niños de la provincia, pero para Bárbara Rojo García también es el inicio de un reto especial: conocer por primera vez al alumno con trastorno del espectro autista al que acompañará este curso en el Centro Rural Agrupado Antonio Nebrija, en la comarca de la Ribera burgalesa.

Bárbara es maestra de pedagogía terapéutica, una especialidad escasa en el entorno rural. Su trabajo consiste en atender a alumnos con necesidades educativas especiales, un perfil que abarca desde dislexia o problemas de lectoescritura hasta discapacidades severas o autismo.
«En la primera toma de contacto veo qué necesidades tiene para luego ir adaptándonos en las seis sesiones que tendremos cada semana», explica. Su filosofía parte de la inclusión dentro del aula, aunque reconoce que ciertos ámbitos requieren trabajo fuera de ella. Nada está marcado de antemano. Todo depende del niño.
Con experiencia previa en colegios de Segovia, Villasana de Mena y Miranda de Ebro, Bárbara ha aprendido que no existen dos casos iguales. Cuando trabaja con niños que no tienen comunicación oral, recurre a pictogramas, material visual y tableros de planificación, herramientas que deben usarse también en casa para que el aprendizaje sea real. «Cuanto más se generalice el uso de pictogramas en los diferentes contextos, mayores serán las posibilidades de aprendizaje», defiende.
El CRA Antonio Nebrija agrupa tres centros, los de Torresandino, Tórtoles de Esgueva y Cilleruelo de Abajo, con apenas 19 alumnos en total y un claustro de cinco profesores. Para Bárbara, eso es precisamente lo valioso. «Esto es como una pequeña familia», dice. «La escuela rural es un lujo para los niños», añade, convencida de que ese entorno ofrece tiempo y espacio para una atención verdaderamente personalizada.
Este curso es, además, el primero en el que Bárbara comienza desde el inicio, sin llegar a mitad de año como sustituta. Ese cambio lo vive con ilusión y también con responsabilidad. «Tengo la sensación de poder ayudar a crear», afirma.
Su camino como interina, con destinos dispersos y lejos de su Aranda natal, refleja la precariedad que viven muchos docentes especializados. Pero Bárbara no pierde la perspectiva. Cada niño que ha atendido le ha dejado algo. «Recibes muchísimo amor, lecciones de vida y te ayuda a ver las cosas de otra manera», concluye.



