En Cabrillanes, un pequeño municipio de montaña en plena Babia leonesa, hay una farmacia que abre sus puertas cada mañana y cada tarde. Su titular, Magdalena Pablos, de 37 años, se ha convertido sin buscarlo en uno de los pilares más sólidos de la vida de su comunidad.

Su historia protagoniza la campaña puesta en marcha este verano por el Consejo Autonómico de Colegios Oficiales de Farmacéuticos de Castilla y León, con el objetivo de visibilizar el papel que desempeñan las farmacias rurales en los pueblos donde, muchas veces, son el único recurso sanitario disponible.
Y en Cabrillanes esa realidad se palpa con fuerza. Cuando el médico que llevaba años atendiendo a los vecinos se jubiló, su plaza quedó sin cubrir durante meses. También otros profesionales médicos de referencia estuvieron de baja sin sustitución. La farmacia asumió entonces una presión asistencial que iba mucho más allá de dispensar medicamentos.
«Fueron meses de mucha presión asistencial», reconoce Magdalena. En los pueblos pequeños, cuando un servicio desaparece, la necesidad no desaparece con él. Alguien tiene que responder.
Porque la farmacia de Cabrillanes es, según cuenta su propia titular, «el único punto sanitario abierto por la mañana y por la tarde todos los días» en una amplia zona de montaña. Pero también es mucho más que eso. Es un lugar de encuentro, un punto de información y un espacio donde muchos vecinos mayores encuentran conversación y compañía.
Las consultas que llegan al mostrador abarcan desde dudas sobre un tratamiento hasta cómo utilizar el teléfono móvil o encontrar una dirección de correo electrónico. Pequeños gestos que revelan la confianza que los vecinos depositan en quien está al otro lado del mostrador.
Sin embargo, el futuro de muchas farmacias rurales como esta está en el aire. Encontrar relevo es cada vez más difícil, no tanto por falta de vocación sino por unas condiciones laborales que complican enormemente la conciliación. En los establecimientos atendidos por un único profesional, cualquier ausencia personal o familiar puede comprometer el servicio.
«Si una farmacia rural desaparece, el problema no solo es del farmacéutico, es de todo el pueblo y su comarca», advierten desde el Colegio de Farmacéuticos de León.
En León, donde la despoblación ya ha vaciado demasiados servicios esenciales, perder una farmacia rural no es un dato estadístico. Es perder el último eslabón que mantiene vivos a muchos pueblos.
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