Logroño tiene una cita especial este San Mateo. La ciudad incorporará a su ya querida comparsa de cabezudos una figura inédita, que pisará por primera vez el adoquín de las calles del casco histórico durante las fiestas patronales. Un pequeño gran acontecimiento para una tradición que lleva décadas formando parte del alma festiva de la capital riojana.

Los cabezudos son mucho más que cartón, pintura y tela cosida con esmero. Son personajes que habitan en la memoria colectiva de generaciones de logroñeses. Quien de niño corrió por la calle Portales con el corazón en la garganta, perseguido por uno de esos rostros exagerados y coloridos, sabe perfectamente de qué hablamos. Ese miedo mezclado con risa, esa mano apretada a la de un padre o una madre, el sonido de la dulzaina de fondo… todo eso regresa con cada San Mateo sin necesidad de aviso.
Y ahora, esa historia suma un nuevo capítulo.
La incorporación de un cabezudo a la comparsa no es un trámite menor. Cada figura es un ejercicio de artesanía y de identidad local. Su diseño, su expresión, incluso el nombre que acabará adoptando entre los vecinos de manera espontánea son parte de un proceso que conecta el pasado con el presente de la ciudad.
Las fiestas de San Mateo, que arrancan cada septiembre con la pisada de la uva y llenan Logroño de música, vino y ambiente, tienen en los cabezudos uno de sus momentos más populares y transversales. No entienden de edades: los mayores los fotografían con nostalgia y los pequeños los temen con deleite.
La estrena de este nuevo personaje durante los días grandes de la ciudad es, en definitiva, una apuesta por mantener viva una tradición que no necesita reinventarse, sino simplemente crecer. Un recordatorio de que las fiestas también se construyen con estos detalles, con esas figuras que parecen bobas pero guardan dentro décadas de historia compartida.
Logroño espera a su nuevo cabezudo. Y él, con esos ojos enormes y esa cara imposible, ya está listo para asustar a la próxima generación.



