Dos años de caos en la rotonda de Salburua: los vecinos exigen una solución que no llega

Los residentes del barrio de Salburua llevan casi dos años conviviendo con una situación que consideran insostenible. La rotonda del paseo de la Ilíada, punto neurálgico de la circulación en esa zona de Vitoria-Gasteiz, sigue sin funcionar con normalidad desde que un incendio alteró por completo su uso habitual.

Dos años de caos en la rotonda de Salburua: los vecinos exigen una solución que no llega

Aquel siniestro, ocurrido hace ya cerca de veinticuatro meses, obligó a modificar el tráfico en uno de los accesos más transitados del barrio. Lo que en principio parecía una medida temporal se ha convertido, a ojos de muchos vecinos, en una solución provisional que nadie ha tenido prisa en resolver.

La frustración en el barrio es evidente. Muchos residentes señalan que la situación genera confusión entre los conductores, aumenta los tiempos de desplazamiento y compromete la seguridad tanto de los vehículos como de los peatones que a diario cruzan esa zona.

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Desde entonces, las quejas han ido acumulándose sin que las administraciones competentes hayan ofrecido una respuesta concreta y definitiva. Los vecinos aseguran haber trasladado su malestar en múltiples ocasiones, pero insisten en que los plazos se alargan sin fecha clara de resolución.

La rotonda del paseo de la Ilíada conecta varias arterias importantes del barrio y su correcto funcionamiento afecta directamente al día a día de miles de personas que viven o trabajan en Salburua, uno de los desarrollos urbanos más recientes y poblados de la capital alavesa.

La comunidad vecinal reclama ahora transparencia y compromiso por parte del Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz: quieren saber qué obras están previstas, cuándo comenzarán y, sobre todo, cuándo podrán recuperar una normalidad que sienten que les fue arrebatada hace demasiado tiempo.

Mientras tanto, conductores y peatones siguen adaptándose como pueden a una infraestructura que no termina de responder a las necesidades reales del barrio. La paciencia, dicen los vecinos, tiene un límite, y ese límite ya se alcanzó hace mucho.