El Casco Viejo de Vitoria-Gasteiz recibe cada año miles de visitantes atraídos por su arquitectura medieval, su animada vida hostelera y su ambiente singular. Sin embargo, detrás de esa imagen de postal se esconde una realidad socioeconómica que contrasta con el bullicio turístico: sus vecinos tienen una renta familiar un 29% inferior a la media del conjunto de la ciudad.

Este dato revela una paradoja que no es exclusiva de Vitoria, pero que aquí resulta especialmente llamativa. El barrio que más turistas concentra, el que acapara bares, restaurantes y tiendas de recuerdo, es precisamente el que peor situación económica presenta entre sus residentes habituales.
A la renta baja se suman otros indicadores que dibujan un perfil de vulnerabilidad. El Casco Viejo registra una mayor proporción de viviendas en alquiler que el resto de la ciudad, lo que limita la capacidad de sus habitantes para acumular patrimonio y los expone a mayor inestabilidad residencial. Además, el parque de viviendas es el más antiguo de Vitoria, con edificios que en muchos casos acumulan décadas sin rehabilitación integral.
Esta combinación de factores no es casual. Los centros históricos de muchas ciudades españolas han seguido un patrón similar: la presión turística y comercial eleva los precios del suelo y transforma el tejido de los locales, pero no siempre se traduce en mejoras reales para quienes viven allí. Muchas veces ocurre lo contrario.
El riesgo de la llamada turistificación es precisamente ese: que un barrio se convierta en escaparate para visitantes mientras sus vecinos históricos se empobrecen o se ven desplazados hacia otras zonas de la ciudad con alquileres más asumibles.
Para Vitoria, una ciudad que presume de calidad de vida y cohesión social, este diagnóstico debería servir de llamada de atención. El Casco Viejo no puede ser solo un reclamo turístico. Necesita políticas activas de rehabilitación de vivienda, apoyo a los residentes de menor renta y un modelo de desarrollo que no sacrifique a sus vecinos en favor de la imagen exterior del barrio.
El futuro del corazón histórico de Vitoria depende de que se encuentre ese equilibrio. Sin sus vecinos, el Casco Viejo pierde su alma.
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