El Campo San Francisco se llena de manteles, sidra y bollo bajo el sol del día grande de Oviedo

El prao del Campo San Francisco vivió este lunes una jornada de lleno absoluto con motivo del festivo local de San Mateo. Desde primera hora de la mañana, los ovetenses fueron ocupando cada rincón del parque con mantas, mesas plegables, sillas de playa y manteles de cuadros para cumplir con el ritual más arraigado de las fiestas: comer el bollo preñao en el parque.

El Campo San Francisco se llena de manteles, sidra y bollo bajo el sol del día grande de Oviedo

El sol acompañó durante toda la jornada, lo que animó a muchas familias a instalarse con todo tipo de provisiones. Y es que para los ovetenses el lugar donde se degusta el bollo forma parte esencial de la tradición. «Hay que comerlo aquí, en el prao, porque, si no, no sabe igual», afirmó Carmen Jáñez, que celebraba además un doble cumpleaños en familia. «Venimos en familia siempre a comerlo aquí, generación tras generación», añadió el grupo.

La misma convicción expresaron Mari Ángeles Granados y los suyos: «Somos de Oviedo y hay que comerlo aquí. Traemos de todo: sidra, bollo y empanada». Algunos combinaron tradición con pequeñas licencias propias. Noé Tamargo, con raíces entre la capital y Cabrales, reconoció que en su mesa la cerveza sustituyó a la sidra, aunque el escenario seguía siendo el de siempre.

Noticias de Oviedo en tu WhatsAppGratis, sin registros y sin que nadie vea tu número.
Unirme al canal

El día soleado también trajo recuerdos. Daniel Lumbreras celebró el buen tiempo pero no ocultó la emoción: «Este año nos falta la güela, pero la recordamos siguiendo la tradición». Otras familias regresaron al prao tras años de ausencia. Isaac García volvió con los suyos animado por el buen tiempo y porque «a los críos les gusta más venir aquí», con un mantel en el que no faltaba el bizcocho casero, el jamón ni las casadielles.

La fiesta también tuvo color internacional. Graciela Corona, de origen mexicano y afincada en Asturias desde hace dos años, compartió mesa con su nuera rusa. «Desde la primera vez que vine a Asturias, me enamoré y dije que tenía que volver», relató mientras daba su primer bocado al bollo. «Ya soy asturiana de corazón y de sangre», sentenció. Su nuera, por su parte, celebró esa mezcla de culturas: «Hacemos una fusión estupenda».

Entre las sillas y los manteles, la chiquillería corría sin parar mientras los mayores compartían bollo, sidra y recuerdos. Una estampa que Oviedo repite cada año sin que el paso del tiempo le reste un ápice de sabor.