Hace noventa años, el puerto de Maó sirvió como punto de tránsito para cientos de milicianos que navegaban hacia Mallorca con la intención de arrebatar la isla a las fuerzas franquistas. Un diario personal atribuido recientemente a Josefina Garcia Prats, miliciana barcelonesa fusilada semanas después en Manacor, recoge con detalle aquella breve pero intensa escala en la capital menorquina.

El 16 de agosto de 1936, apenas un mes después del alzamiento militar que desencadenó la Guerra Civil, un grupo de treinta milicianas y cuatrocientos milicianos zarpó del puerto de Barcelona a bordo del «Ciudad de Tarragona» con rumbo a Menorca. La expedición, comandada por el capitán Alberto Bayo, tenía como objetivo recuperar las islas Baleares para la República.
A las ocho de la mañana del día siguiente, el barco fondeó en Maó. Los militares leales a la República, que habían logrado controlar la isla tras el fracaso del golpe, se encargaron de alojar a los recién llegados en casas particulares y dependencias militares de la ciudad.
El relato describe una jornada cargada de cotidianidad entre la tensión de la guerra. Los milicianos desembarcaron a mediodía, comieron en el Hotel Bustamante, pasearon por las calles de Maó, visitaron el hospital y tomaron café y cerveza antes de volver a embarcar esa misma noche. Una pausa humana en medio del conflicto.
Menorca jugó durante toda la contienda un papel clave como base de operaciones republicana. Desde la isla se organizaban suministros y campos de instrucción para las milicias que partían hacia otros frentes.
Josefina Garcia Prats no llegaría a ver el final de la guerra. El 5 de septiembre de 1936, tan solo dos semanas después de desembarcar en Mallorca, fue fusilada en Manacor junto a sus compañeras Teresa Bellera Cemeli, Maria Garcia Sanchís y las hermanas Daria y Mercedes Buxadé Adroher. Estas últimas serán homenajeadas el próximo 5 de septiembre en su localidad natal, Santa Coloma de Farners, al cumplirse noventa años de su asesinato.
El diario, cuya autoría han atribuido los historiadores Julià Rodríguez y Jaume Miró, se convierte así en un testimonio único que conecta a Menorca con uno de los episodios más trágicos de la guerra en las Baleares. Una voz silenciada que, noventa años después, vuelve a hablar desde las páginas de un cuaderno.
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