El edificio de vivienda pública de Sant Lluís estrena inquilinos con goteras, ventanas defectuosas y suelos resbaladizos

Las once familias que se han instalado desde julio en el bloque de protección oficial de la calle Bisbe Sever llevan apenas dos meses en sus nuevos hogares y ya acumulan una lista de problemas que van desde filtraciones de agua hasta duchas que inundan el baño.

El edificio de vivienda pública de Sant Lluís estrena inquilinos con goteras, ventanas defectuosas y suelos resbaladizos

El inmueble, promovido por el Institut Balear de l’Habitatge (Ibavi) y cuya construcción costó 1,7 millones de euros, entró en uso con año y medio de retraso sobre el calendario previsto. Lo que debía ser un alivio para familias con necesidad de vivienda asequible en Menorca se ha convertido en una fuente continua de incidencias desde el primer día.

Mario, uno de los primeros en mudarse, reconoce que el precio es una ventaja real para su economía como jubilado, pero no oculta la realidad: «La casa tiene fallos». Aun así, valora que el Ibavi está respondiendo con rapidez a las reclamaciones y que los arreglos no suponen coste alguno para los vecinos. «Se puede vivir», resume.

El temporal que sacudió la isla la noche del 20 de agosto agravó la situación de forma notable. Maria Soledad vio parte de su vivienda anegada y un armario destrozado por el viento. Otra residente, con movilidad reducida, alerta de un pasillo comunitario que se vuelve peligrosamente resbaladizo con la lluvia y que representa un riesgo real de caída.

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Entre los defectos detectados figuran filtraciones por fallos constructivos, ventanas que no cierran de forma hermética, materiales de madera ya deteriorados y, en algún caso, una ducha cuya desagüe deficiente termina encharcando el lavabo y parte del piso.

La directora del Ibavi en Menorca, Águeda Reynés, admite la existencia de problemas pero los encuadra en el proceso habitual de postventa de cualquier obra nueva. Reconoce además que parte de la estructura es abierta y que tendrán que cerrarla. «Que habrá filtraciones no se sabe hasta que llueve», señala, y asegura que mantienen contacto permanente con los vecinos y que la obra está garantizada.

Reynés también apunta a un problema de fondo más amplio: el modelo de construcción de vivienda pública de los últimos años no favorece ni el mantenimiento ni el confort de los residentes, y se emplean materiales que, en sus palabras, no se usarían en una vivienda privada.

El balance de estos primeros meses deja una imagen agridulce: familias aliviadas por acceder a un alquiler asequible en una isla con el mercado inmobiliario tensionado, pero instaladas en un edificio nuevo que ya exige reparaciones continuas.