Los vecinos de Aldeasaz, pequeña localidad del municipio de Turégano, vivieron días de angustia tras el incendio que arrasó la zona de Brieva y que estuvo a punto de engullir sus propias casas. Las llamas llegaron a las puertas del pueblo, dejando a su paso fachadas ennegrecidas, cercas destruidas y edificaciones reducidas a escombros.

Ángela Gómez, vecina del lugar, fue una de las primeras en darse cuenta de la magnitud del fuego. Al ver crecer la columna de humo, no dudó en avisar a todos sus vecinos. «Veía que cada vez aumentaba más, por lo que llamé a todos los vecinos, que salieron disparados con herramientas para apagarlo», relató.
Junto a ella, Ismael Matesanz, albañil que en ese momento trabajaba en la construcción de una vivienda en el pueblo, vivió momentos de pánico real. «Intenté salir por un camino pero vi cómo saltaba el fuego y venía detrás de mí. Hubo un momento en que dije: me coge», confesó.
Todos los residentes y trabajadores de Aldeasaz fueron desalojados y no pudieron regresar hasta el martes por la noche. Durante horas intentaron acercarse al pueblo para comprobar los daños, pero la Guardia Civil les impidió el acceso. «Ha sido muy caótico», reconocieron.
Tanto Gómez como Matesanz coinciden en destacar el papel fundamental de los agricultores de la zona, que se quedaron con sus tractores para intentar frenar el avance de las llamas. Sin embargo, el viento racheado empujó el fuego en distintas direcciones y la situación se volvió incontrolable.
Las consecuencias materiales son devastadoras para algunas familias. Una nave agrícola propiedad de familiares de Ángela Gómez quedó completamente destruida. En su interior había maquinaria de gran valor, como una sembradora, una abonadora y una empacadora, además de toneladas de pienso para animales. «Ya no vale nada», lamentó la vecina.
Lo que bordea el pueblo presenta un paisaje desolador: todo quemado. Las marcas negras en las fachadas son el recordatorio silencioso de lo cerca que estuvo la tragedia de ser aún mayor.



