El Mercado de la Esperanza, la plaza de abastos más grande de Santander y el segundo espacio más visitado de la ciudad tras el Palacio de la Magdalena, tiene 139 puestos en funcionamiento. Catorce de ellos permanecen cerrados, un 10% del total, y los propios comerciantes han decidido ponerse manos a la obra para que ese número no crezca.

La estrategia es sencilla pero eficaz: cuando un comerciante se jubila, la asociación de vendedores mueve ficha para encontrar un sucesor antes de que el puesto eche el cierre. Ellos mismos buscan perfiles adecuados y difunden los traspasos disponibles a través de sus redes sociales, convencidos de que mantener vivo un negocio con historia es mucho más fácil que arrancar uno desde cero.
De los catorce puestos vacíos, nueve pertenecen al Ayuntamiento, que los saca a subasta para el tiempo que resta de concesión, la cual vence en 2032. Los otros cinco son de comerciantes jubilados que buscan traspasarlos, y varios de ellos ya se encuentran en negociaciones avanzadas.
María José Enríquez es un ejemplo de cómo funciona este modelo. Junto a sus hijas, tomó las riendas de La Asturiana hace tres años, una carnicería con larga trayectoria en la primera planta del mercado. La inversión fue considerable, pero el resultado positivo les animó a seguir creciendo. Antes de eso, ya llevaban el puesto de encurtidos del exterior, que hoy genera colas a diario.
En la planta baja, dedicada al pescado y el marisco, hay 61 puestos y cinco están vacíos. Uno de los casos de éxito más llamativos en esta zona es el de Visi Bedia, que llegó a La Esperanza hace siete años y hoy gestiona tres marisquerías: Tesoros del Mar, Tesoros de Isabel y Arzábal, este último adquirido en marzo tras la jubilación de su anterior titular. Seis trabajadores y un puesto adicional en el Mercado de Puertochico completan su proyecto.
El mercado también ha sabido renovarse. Junto a los puestos de toda la vida conviven propuestas más actuales, como carnicerías especializadas en productos sin gluten o cafeterías de especialidad, lo que atrae a una clientela más amplia y diversa pese a la competencia de los supermercados y las compras por internet.
El reto para los próximos años es claro: mantener el dinamismo de una plaza que sigue siendo parte del día a día de muchos santanderinos, y hacerlo sin que los huecos vacíos sean la imagen que se lleven quienes la visitan.



