Menorca vive estos días una situación especialmente tensa. Las recurrentes lluvias de barro de las últimas jornadas han llegado en pleno agosto, cuando los depósitos de agua se encuentran en mínimos históricos y la gran mayoría de ayuntamientos de la isla ya han impuesto restricciones al consumo. El resultado es una combinación peligrosa que pone al límite los recursos hídricos de todo el territorio.

La isla es, según estudios de la Agencia Estatal de Meteorología, el punto del país donde este fenómeno resulta más frecuente, con hasta 14 episodios al año. Sin embargo, que ocurra en verano, con la presión humana en su pico máximo y las reservas bajo mínimos, lo convierte en un problema de primer orden.
Cuando el polvo sahariano se deposita sobre terrazas, vehículos, embarcaciones y piscinas, el consumo de agua se dispara en los días siguientes. Así lo confirma David Sintes, de Aigües Sant Lluís, con más de tres décadas dedicadas al abastecimiento municipal. En días normales fuera de temporada, la demanda llega a escalar hasta niveles propios del verano. Ahora, en pleno agosto, ese repunte se suma a una situación ya de por sí crítica.
El alcalde de Maó, Héctor Pons, el primer regidor de la isla en decretar restricciones al uso del agua, lo describe sin rodeos: el aumento de la demanda tras una lluvia de barro es tan grande que puede vaciar un depósito entero en poco tiempo. Las autoridades esperan que las medidas vigentes, que prohíben el lavado de coches con manguera o la limpieza de terrazas, hayan servido para amortiguar el golpe esta vez.
Sintes, sin embargo, no es optimista. Señala que la población estival y los propietarios de viviendas de alquiler no siempre respetan las restricciones. Los jardines verdes y los céspedes bien regados dan cuenta de ello. Para quien alquila una casa, entregarla embarrada no es una opción.
El impacto en las piscinas es especialmente grave. Menorca cuenta con más de 10.000 registradas en apenas 700 kilómetros cuadrados. Cuando el barro entra en el sistema de filtrado, limpiar una piscina puede requerir entre cuatro y cinco veces más agua de lo habitual, ya que el proceso obliga a vaciarla y volver a llenarla.
Mientras tanto, los coches embarrados pueblan las calles del Llevant, ante el cierre de la mayoría de instalaciones de lavado en la isla. Una imagen que resume bien la encrucijada en la que se encuentra Menorca este verano: barro por todas partes y el agua, más escasa que nunca.
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