El tomate de Miranda es uno de los productos más queridos de la ciudad, un símbolo del verano que llena las mesas de los mirandeses desde hace generaciones. Sin embargo, su futuro nunca ha sido tan incierto como ahora.

La mayoría de quienes mantienen vivo este cultivo son personas de avanzada edad. No hay detrás una estructura profesional que garantice su continuidad, y el tiempo juega en contra.
El ingeniero agrónomo Pablo de Juana lleva tiempo alertando de la situación. Según sus cálculos, si no se actúa pronto, en cinco años el cultivo puede haber desaparecido. «Tenemos que apoyarlo para que no dependa solo de personas de 80 años. Hace falta relevo porque, si no lo hay, en los próximos 5 años el cultivo corre el riesgo de ir desapareciendo», advierte.
De Juana reconoce que todavía hay hortelanos con 500 o incluso 1.000 plantas, pero insiste en que no existe ningún cultivador profesional en Miranda. Lo que se necesita, dice, es un impulso económico real que permita comercializar el producto a mayor escala. Él mismo trabaja actualmente en Tirgo con más de 130 variedades, entre ellas cuatro líneas de tomate mirandés, y subraya el gran potencial de la zona gracias a su amplitud térmica.
La idea de profesionalizar el sector no es nueva. Hace más de una década, varios productores se unieron en una asociación con el objetivo de dotar al tomate de un sello de calidad propio. Encargaron al Instituto Tecnológico Agrario un estudio genético que permitió tipificarlo y definir sus características. Los resultados fueron contundentes. Koldo Madariaga, uno de los impulsores de aquella iniciativa, lo recuerda con orgullo: «Quedó probado que sus propiedades son de un tomate extraordinario». Sin embargo, el proyecto quedó aparcado y el distintivo nunca llegó a materializarse.
Miguel Ángel Valderrama, que participó en aquellas pruebas, sigue cultivando para consumo propio y preparando semilleros para conocidos. Conseguir la variedad que buscaba le llevó siete años de cruces y selección. Su historia es la de muchos mirandeses que cuidan este tomate casi como un legado familiar.
La demanda, al menos, no es el problema. En Frutería Zelaia aseguran que el interés no decae y que cada vez llegan más clientes de fuera de Miranda atraídos por su fama.
El tomate de Miranda tiene sabor, tiene historia y tiene mercado. Lo que le falta es una nueva generación dispuesta a coger la azada.



