Corría la madrugada del 7 de septiembre de 1976 cuando los camiones de recogida de basura no salieron del parque de limpieza de Torreblanca. Era la primera vez en la historia de Sevilla que los trabajadores del servicio municipal de Limpieza se plantaban. Unos 800 empleados se declaraban en huelga, ilegal por no haber sido comunicada a la autoridad laboral, pero esa era una consideración menor en aquellos tiempos convulsos de la Transición.

El malestar venía de lejos. La tarde del lunes 6 de septiembre, los basureros comenzaron a expresar su hartazgo por el incumplimiento de las promesas de abono de horas extras y festivos no recuperables, el 18 de julio concretamente, por parte del Ayuntamiento. Las reivindicaciones eran concretas: descanso dominical pagado al 150 por 100, gratificaciones equiparadas a las del personal administrativo, que el impuesto sobre el trabajo personal lo pagara el consistorio, cobrar el salario por la noche en lugar de acudir a la calle Pajaritos en horario de pagaduría, y un 50 por 100 en horas extras frente al 30 por 100 que percibían entonces.
El alcalde, Fernando de Parias Merry, se encontraba en Madrid en visita oficial cuando estalló el conflicto. A su regreso, la negociación se prolongó durante toda la madrugada del martes 7, con acusaciones de incumplimientos cruzadas entre ambas partes. La ciudad, mientras tanto, acumulaba bolsas en las aceras.
No fue hasta el miércoles 8 cuando el propio alcalde se dirigió en persona a la asamblea de trabajadores antes del primer turno. Parias Merry lamentó los sufrimientos que Sevilla había padecido esos días y confió en que todo quedara resuelto allí mismo. El representante de los trabajadores, Alfonso Mir, tomó la palabra para agradecer la paciencia de los sevillanos y pronunció la frase que cerró el conflicto: la huelga ha terminado.
Los 33 camiones comenzaron a salir a partir de las 8.50 de la tarde, aunque la normalidad tardó en recuperarse. Los vecinos de la Ronda de Pío XII, que llevaban cuatro días con la basura acumulada en la puerta, terminaron esparciendo los desperdicios por la calzada como señal de protesta.
Cincuenta años después, aquel episodio sigue siendo un hito en la historia laboral y urbana de la capital andaluza, un momento en que la ciudad olió, literalmente, al cambio de una época.
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