Los devotos y senderistas que cada año suben al Alto Rey para celebrar la tradicional romería han encontrado en esta edición un paisaje muy diferente al habitual. Las laderas que rodean este emblemático pico de la Sierra Norte de Guadalajara muestran aún las marcas de los incendios que castigaron la zona, convirtiendo la caminata en un recorrido cargado de emoción y simbolismo.

La romería, una cita arraigada en la tradición local desde hace generaciones, reunió a vecinos de varios municipios del entorno que no quisieron faltar a la cita a pesar del duro espectáculo que ofrecía el monte. Entre el negro de los troncos calcinados y la tierra reseca, los participantes avanzaron en procesión hacia la cima, donde cada año se celebra el acto religioso que da sentido a la jornada.
El contraste entre la festividad de la romería y el paisaje devastado por las llamas no pasó desapercibido para nadie. Muchos asistentes reconocieron que caminar por esas laderas quemadas les resultó especialmente duro, pero también señalaron que precisamente por eso era más necesario que nunca estar presentes.
Algunos vecinos aprovecharon la ocasión para reivindicar una mayor atención institucional a la recuperación del monte y a la prevención de incendios en la comarca. La romería se transformó así, casi de manera espontánea, en un acto de duelo colectivo por el paisaje perdido, pero también de esperanza ante los primeros brotes verdes que ya asoman entre las cenizas.
Las autoridades locales acompañaron a los participantes durante parte del recorrido. El ambiente fue tranquilo y emotivo, muy distinto al tono festivo que suele dominar este tipo de celebraciones populares.
La imagen de decenas de personas caminando en silencio entre los restos del incendio quedará en la memoria de quienes estuvieron allí. La sierra de Guadalajara sangra todavía, pero sus gentes demuestran que no están dispuestas a abandonarla.
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