Las calles de Logroño amanecieron este domingo con un olor inconfundible. Tortillas recién cuajadas, lomo a la plancha, patatas doradas y embutido bien cortado. La ciudad se preparaba para vivir uno de sus momentos más esperados del año.

La tradición del cohete de San Mateo vuelve a cumplirse con puntualidad casi religiosa. Antes de que el proyectil rasgue el cielo riojano y dé el pistoletazo oficial a las fiestas, cientos de cuadrillas repiten el ritual de siempre: sentarse a la mesa y comer bien.
Familias, amigos y vecinos de toda la vida se reunieron desde primera hora de la mañana en portales, terrazas, bajos y plazas. Los tuppers, las sartenes y las bolsas de la compra tomaron protagonismo antes incluso de que las primeras notas musicales se escucharan por el centro.
El ambiente era de fiesta contenida, de esa alegría que todavía sabe que lo mejor está por llegar. Los más jóvenes lucían ya sus pañuelos rojos al cuello. Los mayores recordaban San Mateos de otros años mientras terminaban de preparar los platos.
Logroño tiene una forma muy particular de entrar en sus fiestas mayores. No hay prisa, pero tampoco se pierde el tiempo. La mañana del cohete es un momento de encuentro que muchos consideran tan importante como el propio disparo. Es el preludio, el calentamiento, la excusa perfecta para reencontrarse con los de siempre.
Y así, entre bocado y bocado, la ciudad fue llenándose poco a poco. Los bares del casco antiguo empezaron a abrir sus puertas, las plazas se fueron animando y el bullicio fue creciendo de forma natural, orgánica, como solo ocurre cuando una celebración forma parte del ADN de un lugar.
San Mateo 2026 arrancó, como no podía ser de otra manera, con el estómago bien atendido y el corazón preparado para varios días de fiesta. Logroño, fiel a sí misma, demostró una vez más que sabe perfectamente cómo comenzar lo que más quiere.
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