Antes de que el jaleo llenara Sa Plaça de caballos, música y emoción, Maó ya había comenzado a vibrar desde primera hora de la mañana. El replec de la qualcada, los gegants y los compases de Sa Xaranga volvieron a marcar el martes un inicio de fiesta cargado de rituales que, año tras año, sostienen la identidad de las Festes de Gràcia.

Caixers, músicos y vecinos de Maó coinciden en algo: lo que ocurre en esas horas previas al jaleo es tan importante como el propio espectáculo.
Laura Tur Rovellada vive este año sus primeras Festes de Gràcia como caixera, aunque ya acumula cinco años de experiencia en la qualcada des Castell. Para ella, la mañana llegó con nervios, ilusión y un deseo muy concreto: que no apretara demasiado el calor. Esperaba sobre su caballo, Corán, junto a su padre, que la observaba con orgullo.
«A las mujeres también nos hace mucha ilusión poder salir y, sobre todo, a las chicas jóvenes como yo», explica la caixera, que tenía por delante aún la misa, una nueva salida con los caballos y el gran momento del jaleo. «Más ilusión, imposible», resumía.
La música de Sa Xaranga fue también protagonista de esa madrugada festiva. Entre sus filas, un joven de solo 14 años participaba por segundo año consecutivo tocando el flautín, siguiendo los pasos de lo que de pequeño vivía desde fuera cuando esperaba en casa de sus abuelos el paso de caballos y gegants.
Ricard Pons Vinent, presidente de la agrupación, recuerda que detrás de esas horas de música hay ensayos, organización y un esfuerzo físico considerable. Durante las fiestas, los músicos se turnan y beben mucha agua para aguantar el calor y las largas jornadas.
«Sin los gegants no sería un día de fiestas de Maó, y sin la banda tampoco podría haber jaleo», señala Pons. «Son muchas cosas pequeñas que juntas hacen toda una tradición y toda una fiesta.»
Esa misma sensación la comparten Dori Barber y Pilar Sintes, dos vecinas que cada año acuden a la plaza del Ayuntamiento desde bien temprano. Para ellas, la mañana tiene un valor especial porque permite asistir al nacimiento mismo de la celebración.
«Empiezas a venir cuando todavía es prácticamente de noche y ves cómo el pueblo se va despertando poco a poco», explican. Ambas destacan también que cada vez más jóvenes se acercan a vivir estos momentos desde el principio, algo que consideran una señal de salud para la fiesta.
La tradición, en Maó, no empieza con el primer caballo encabritado. Empieza mucho antes, en la oscuridad, cuando la isla aún duerme.
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