Una clínica de Molina de Aragón lleva meses buscando fisioterapeuta sin recibir un solo currículo

Una clínica multidisciplinar de Molina de Aragón ha puesto en evidencia una de las paradojas más crudas de la despoblación rural: tener empleo disponible, con buenas condiciones, y no encontrar a nadie que quiera ocuparlo.

Una clínica de Molina de Aragón lleva meses buscando fisioterapeuta sin recibir un solo currículo

El centro Savia lleva desde el pasado mes de abril buscando un fisioterapeuta para incorporar a su proyecto. Han difundido la oferta a través de colegios profesionales de varias comunidades autónomas, portales de empleo y redes sociales. Las condiciones son más que razonables: horario flexible, agenda de pacientes ya consolidada, material incluido, estabilidad y una remuneración de 28 euros netos por hora.

El resultado, meses después, es un silencio absoluto. Ni un solo currículo.

Desde el centro reconocen que la situación les ha llevado a hacerse una pregunta que va mucho más allá de su propia necesidad de personal: ¿quién quiere venir a vivir al pueblo?

«Creamos proyectos con ilusión, invertimos tiempo y recursos, ofrecemos empleo cualificado, estable y con buenas condiciones. Pero la realidad acaba imponiéndose: no llegan profesionales», señalan desde Savia.

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El problema, advierten, no es exclusivo del sector sanitario. El mismo muro se encuentra en centros de salud, colegios, empresas, administraciones y otros servicios del entorno rural. La dificultad para cubrir puestos de trabajo cualificado es una constante que afecta al conjunto del territorio.

El caso abre un debate que trasciende la simple creación de empleo. Para que un puesto de trabajo contribuya realmente a fijar población, hace falta también que el municipio ofrezca una red de servicios que haga viable la vida cotidiana: vivienda, educación, sanidad, transporte, conectividad y oferta cultural.

Desde Savia quieren dejar claro que Molina de Aragón no es solo un nombre en el mapa de la España Vaciada. Destacan el dinamismo de sus asociaciones culturales, su escuela de música, el voluntariado, un rocódromo, un gimnasio y un entorno natural que consideran privilegiado. Un lugar, insisten, donde merece la pena vivir.

«Porque creemos que nuestros pueblos merecen las mismas oportunidades que cualquier ciudad», concluyen, y aseguran que no van a rendirse en el intento.

La despoblación, una vez más, demuestra que no tiene una sola cara. No se trata únicamente de que la gente se marche, sino también de que cada vez cuesta más convencer a alguien de que venga.