Paula Alonso María, estudiante de Ingeniería Eléctrica y Automática en la Universidad de Burgos, ha presentado como Trabajo Fin de Grado un dispositivo capaz de controlar una silla de ruedas eléctrica con simples movimientos de cabeza, sin necesidad de manos ni de un equipamiento de alto coste.

El invento llega para cambiar la vida de personas con parálisis motora severa, como quienes padecen Esclerosis Lateral Amiotrófica y solo conservan movilidad en la cabeza. Y lo hace a un precio que deja sin argumentos a quienes pensaban que la tecnología asistiva estaba reservada para quienes podían permitírsela: el coste total de materiales ronda los 200 euros.
El funcionamiento es tan sencillo como intuitivo. Un pequeño sensor adaptado a la cabeza del usuario detecta la dirección hacia la que se orienta o inclina, y traduce ese gesto en una orden de movimiento. La señal viaja de forma inalámbrica hasta un procesador instalado en la propia silla, que la transmite a los motores en tiempo real.
Una de las claves del proyecto es que no obliga a cambiar de silla. El dispositivo se instala sobre cualquier modelo del mercado sin inutilizar el mando original, lo que permite al usuario o a su acompañante alternar cuando quieran entre el control mediante joystick y la conducción con la cabeza.
La seguridad también ha sido parte central del diseño. El sistema arranca y frena de forma progresiva para evitar sacudidas bruscas, y cuenta además con una protección de emergencia: si el sensor detecta un movimiento involuntario repentino o percibe que el usuario pierde la conciencia, la silla se detiene de inmediato de forma automática.
Para validar el prototipo en condiciones reales, la Asociación de Esclerosis Lateral Amiotrófica de Castilla y León colaboró cediendo la silla de ruedas sobre la que se realizaron las pruebas con éxito, un respaldo que da aún más valor al trabajo de la joven ingeniera burgalesa.
El proyecto no se detiene aquí. Los próximos pasos contemplan incorporar sensores láser para la detección y esquiva automática de obstáculos, así como la posibilidad de controlar la silla mediante comandos de voz o con la mirada, abriendo el abanico a personas con distintos grados y tipos de discapacidad.
Una estudiante, una idea sencilla y 200 euros. A veces la innovación que más importa no nace en grandes laboratorios, sino en las aulas de una universidad de provincias con ganas de hacer el mundo un poco más justo.
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