El lobo volvió a rugir en el Campo San Francisco. Javier Gurruchaga y la Orquesta Mondragón tomaron el paseo del Bombé durante la noche del domingo y convirtieron las fiestas de San Mateo en una máquina del tiempo para miles de ovetenses y visitantes.

Con el escenario a pleno rendimiento y el público apretado hasta la bandera en la zona norte del paseo, el mítico artista donostiarra arrancó los primeros acordes de una noche que nadie de los presentes olvidará fácilmente. El momento cumbre llegó cuando Gurruchaga puso las manos en forma de garras, torció el gesto y soltó aquello de «Hola, mi amor, yo soy el lobo…». La gente enloqueció.
‘Caperucita feroz’, ‘Viaje con nosotros’, ‘Bon voyage’, ‘Ponte la peluca’ o ‘Bésame’ sonaron casi sin pausa a lo largo de una actuación que repasó lo mejor de un catálogo que ya forma parte de la banda sonora de varias generaciones de españoles. Canciones que nacieron en los ochenta y que siguen funcionando como himnos colectivos décadas después.
El público que se congregó en el Bombé era mayoritariamente mayor de cuarenta años, personas que vivieron en primera persona el fenómeno Mondragón y que se sabían de memoria cada estrofa, cada coro y cada extravagancia del universo que Gurruchaga lleva décadas construyendo. Bailaron, cantaron a pleno pulmón y disfrutaron como si el tiempo no hubiera pasado.
Gurruchaga apareció algo más delgado que en otras épocas y quizá con menos energía física que antaño, pero con la misma personalidad arrolladora y la chispa que siempre le ha distinguido sobre los escenarios. La Orquesta Mondragón, por su parte, mantuvo toda su parafernalia festiva característica y no dio un solo respiro al público durante toda la actuación.
No era la primera vez que la banda actuaba en las fiestas de San Mateo. Hace más de treinta años ya lo hicieron en Oviedo, aunque aquella ocasión fue sobre el escenario de la plaza de la Catedral. Este domingo, el Campo San Francisco fue el escenario elegido para el reencuentro, y la ciudad respondió con entusiasmo.
Una noche de esas que justifican por sí solas el viaje a unas fiestas que, una vez más, demostraron su capacidad para reunir a grandes nombres de la música española.
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