Mientras los jóvenes apuraban la noche en Cañadío, los operarios del servicio de limpieza ya fregaban el suelo a sus pies. Esa imagen, repetida durante los diez días de fiestas, resume el esfuerzo titánico que vivieron los trabajadores encargados de mantener Santander presentable durante una de las celebraciones más concurridas de su historia.

La UTE Acciona-Oxital, que lleva al frente del servicio municipal de basuras apenas mes y medio, tuvo que enfrentarse de golpe a uno de los mayores retos del año. La empresa puso en marcha un dispositivo extraordinario de refuerzo para hacer frente al volumen de trabajo generado por una Semana Grande que, según reconocen desde el comité de empresa, cada vez concentra a más gente y exige más recursos.
El refuerzo supuso la incorporación de quince operarios adicionales repartidos en los distintos turnos del día. A ellos se sumó una reorganización de los equipos ordinarios, así como el incremento de medios mecánicos para garantizar la limpieza en los puntos de mayor afluencia.
El turno de mañana, entre las seis y las trece horas, fue especialmente exigente. Los trabajadores comenzaban su jornada con la fiesta aún en marcha. En ese momento, el servicio contaba con cinco operarios de barrido manual, dos brigadas de apoyo, dos barredoras de calzada, dos barredoras de acera, dos baldeadoras y dos hidrolimpiadoras. Las zonas de Cañadío, Daoiz y Velarde, Peña Herbosa y Hernán Cortés fueron las que recibieron mayor atención, además del recinto ferial y los distintos actos celebrados en los barrios.
Desde el comité de empresa admiten que la situación fue «complicada» y que el esfuerzo realizado resultó «descomunal», aunque subrayan que no se registraron «incidentes graves» durante todo el periodo festivo.
El Ayuntamiento, por su parte, ha defendido la gestión del dispositivo y considera que el resultado fue positivo. Sin embargo, vecinos y partidos de la oposición sí elevaron quejas por el estado en que quedaron algunas zonas de la ciudad tras las noches de fiesta.
Lo que queda claro es que detrás de cada amanecer más o menos limpio en Santander hubo personas trabajando contrarreloj, a menudo entre el ruido y el gentío, para que la ciudad pudiera despertar con cierta dignidad cada día de fiestas.
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