Con motivo del Día Mundial del Alzhéimer, que se celebra este 21 de septiembre, María Luisa Rozadilla, de 68 años y vecina de Cabezón de Sal, comparte su historia para poner rostro a una enfermedad que afecta a unas 8.000 personas en Cantabria.

El diagnóstico llegó el 30 de mayo de 2020. María Luisa tenía 62 años y llevaba tiempo notando olvidos que, en principio, atribuía a su carácter despistado. Ella y su marido, Jesús Ruiz Tausia, regentaban una tienda de fotografía y fue allí donde las señales se hicieron más evidentes.
«Venía gente a decirme que les habían encargado algo hace meses y se le había pasado», recuerda Jesús. Fue él quien la animó a acudir al hospital. Lo que encontraron al final de las pruebas, que incluyeron una punción lumbar y un escáner PET, cambió la vida de toda la familia.
La noticia fue dura. María Luisa ya conocía la enfermedad de cerca porque su padre también la había padecido. Sus hijos lo llevaron especialmente mal al principio. Sin embargo, la pareja decidió desde el primer momento no esconderse.
«Una de las cosas que no querían era manifestar la enfermedad por ahí. Si esto no tiene que dar vergüenza, a esto hay que hacerle frente», afirma Jesús.
Esa actitud les llevó a involucrarse activamente. María Luisa acude a talleres de memoria en el Centro de Día de AFAC en Torrelavega y participa en estudios de la Unidad de Deterioro Cognitivo del Hospital Valdecilla. El objetivo es mantener una rutina lo más normalizada posible y, de paso, contribuir a la investigación.
Su caso no es excepcional. Cada vez se diagnostica el alzhéimer a edades más tempranas. Se considera de inicio temprano cuando los síntomas aparecen antes de los 65 años, y ya representa cerca del 10% de todos los casos. En Cantabria, si se suman todas las enfermedades neurodegenerativas, la cifra alcanza casi las 12.000 personas, el 2% de la población.
Los expertos señalan que en el pasado muchos casos se confundían con estrés o ansiedad, lo que retrasaba el diagnóstico y el tratamiento.
María Luisa lleva seis años demostrando que se puede vivir con la enfermedad sin rendirse. Su historia, contada sin filtros desde el sofá de su casa, es un recordatorio de que el alzhéimer no entiende de edades y de que hablar de ello sigue siendo, hoy más que nunca, necesario.
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