La isla atraviesa una de sus crisis hídricas más exigentes y, paradójicamente, la principal infraestructura pensada para aliviarla funciona muy por debajo de sus posibilidades. La desaladora de Ciutadella tiene capacidad para producir 3,5 hectómetros cúbicos de agua al año, pero en la práctica solo genera 1,3. Una brecha enorme que deja sin respuesta a municipios que cada vez tienen más dificultades para garantizar el suministro a sus vecinos.

La situación resulta difícil de entender. Mientras los depósitos de varios pueblos se resienten y la demanda no para de crecer en pleno verano, la planta de Ponent sigue trabajando a poco más de un tercio de su capacidad real.
Tras las mejoras acometidas este año, la instalación podría alcanzar los 11.000 metros cúbicos diarios. Un volumen significativo que, sin embargo, no llega donde más se necesita por falta de infraestructuras básicas de conexión. Está previsto tender una tubería hasta los depósitos de Es Caragolí, una obra elemental que nunca se llegó a ejecutar en su momento y que sigue pendiente.
A eso se suma otro déficit igual de llamativo: la desaladora no puede cargar camiones cuba porque carece de los dispensadores necesarios. La consejería competente del Govern tramita ya un proyecto para instalarlos, pero mientras los papeles circulan, las necesidades siguen siendo urgentes.
Las consecuencias de este atraso se notan en el día a día de los municipios. Maó sigue extrayendo agua de los pozos situados cerca de Arenal d’en Castell, una solución que presiona los acuíferos de la zona. Alaior, por su parte, se ve obligado a recurrir a un concesionario privado en Sant Jaume cuando necesita reforzar sus reservas. Parches que evidencian que la isla no ha terminado de organizar su modelo de gestión del agua.
A largo plazo, la solución estructural pasa por construir una desaladora en la zona de Llevant, pero ese proyecto no estará listo en menos de ocho años. Por eso, lo que no admite más demora es poner en pleno rendimiento la infraestructura que ya existe.
Menorca no puede permitirse el lujo de tener capacidad instalada sin aprovechar mientras sus pueblos buscan agua donde pueden. La desaladora de Ponent debe dejar de ser una promesa a medias y convertirse en el eje real de una política hídrica moderna y eficaz para toda la isla.
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